Sigo incapaz de mirarme sin
temor, sin esa pasión que me sabe encontrar aunque me le ponga en el más
escondido escondite. Es la pasión del morir. Esa seducción acaso comprensible,
ese afán (sin afán, qué ilógico) por saber si "allá" todo es más
fácil, si será que luego todo se pone más clarito, si las decisiones se pueden
devolver, las acciones deshacer. El deseo constante de huir. Esa tentación de
sentirme cobarde y valiente al mismo tiempo. Haber convertido la decepción del
mundo en una intención de cambiarlo, y luego sentir la imposibilidad de tan
altruista empresa. Creer y saber que el cambio está en el espejo. Es que es la
consciencia la que revuelca. Es que saber todo lo que hay que hacer y no querer
hacer nada es lo que mata, lo que creo que me mata. Es que es el pudor que
llega luego de escribir "me mata", como si de verdad me matara, como
si fuera algo más que llanto y hueco en el estómago ("hueco en el
alma" también me avergüenza). Tal vez sea la temida solución la
indicada...tal vez. Es que a veces creo que es una persona la que me condena, a
veces creo que es una persona la que me salva, a veces creo que quien me salva
me condena y quien me condena me salva. Y no... no es ninguna de las personas
que acostumbro a herir (es verdad, no hay aristas en esto) y entonces otra vez
vuelvo al espejo, porque es el espejo el responsable, ¿me entiendes? Es el espejo que teme curarse de ti, de mi, de la vida. Es que el
espejo se está poniendo feo, como sucio, como rallado, como opaco, como
encorvado, como que al espejo de verdad ya no le sirve la espalda, como que el espejo
llora solo (y se avergüenza) y nadie se entera, como que el espejo no supo qué
hacer con el espejo y ¡pum! se dejó caer. Es que el espejo es el que me anda
diciendo que tal vez, y así es muy complicado.
21/04/2015
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