sábado, 6 de noviembre de 2010

Indiferencia

Si la vida me ha dado los totazos que me ha dado, sólo es por lo tonta que he sido. Me busqué el engaño, yo misma tracé mi propia cornamenta cuando, pensando que lo suyo era simplemente una amistad y que nuestro amor era sincero, no presté atención a lo que era claro ante la vista de cualquiera. La muy estúpida con pasos lentos pero firmes fue arrancando de mí a ese ser amado, ese maldito ser que en un maldito día tuve que amar. Me entregué sin medirme, y ya tuve las consecuencias de mi ceguera; no creo que exista cura para un dolor de esta clase. Ahora camino sin pensar, sólo paseo por las calles sin nombre, entro a lugares que no están en ningún lado y seguramente hablo con personas que ni siquiera existen. La verdad es que cuánto desearía que nadie me hablara y simplemente se apartaran de mí. ¡Dense cuenta que no quiero a nadie! Entiendan que sola estoy mejor, y que ahora la felicidad no está en nadie… ni en mí. Por eso me siento en un pequeño banco, tan redondo como mis pensamientos, y espero a que me traigan la botella de cualquier vino sin nombre para poder bebérmelo hasta la última gota y después largarme sin pagar, haciendo más grande mi deuda en esa taberna desconocida. Sin embargo, un ser me llama la atención. Es un hombre que está sentado, como yo, en un pequeño banco redondo y que no intenta, como todos, hablarme y llegar al punto. Él sólo me mira y me regala una sonrisa. Él entiende que no necesito palabras para mirar a alguien y que estando sola, como estoy, nunca necesitaré una palabra necia que me desconcentre de sus ojos. Sólo su mirada me hace confiar. Si me equivoco… creo que hay suficientes bancos pequeños y redondos para pensar.

Noviembre 13 de 2009

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